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Luis solía tener problemas para dormir desde que vio una película de terror que sus padres le habían desaconsejado. Él se hizo el valiente pero pasó uno de los peores ratos de su vida viendo aquella historia de fantasmas. Sin embargo no admitió nunca que le hubiera asustado aquella grotesca película donde aparecían sangre, vísceras y entes demoniacos que removían sus entrañas y pavores más íntimos, no quería oír un ya te lo dije, de sus padres.
Fantasma

Juan Sonrisas

Sin embargo su madre le echó una mirada, al día siguiente, que podía traducirse como “Ya te lo dije”. Esa mañana Luis tenía unas impresionantes ojeras y él mismo admitió que no había dormido demasiado bien. Su madre suspiró, le miró, y no preguntó ni dijo nada. Pensó, ya aprenderá por sí mismo.
Toda esa semana padeció en silencio el terror de ver sombras amenazantes en cada rincón de su habitación. Los rostros de los fantasmas de la película le acompañaban cada instante en que cerraba los párpados, así como otros muertos vivientes más terribles todavía que su propia imaginación forjaba.
Cuando por fin lograba conciliar el sueño el resultado era siempre idéntico. Soñaba con asquerosos monstruos infernales que le perseguían por cementerios, laberintos y calles solitarias y después se despertaba sudado y nervioso.
Sin embargo lo que más le preocupaba era seguir pareciendo valiente y no llamar la atención, pues especialmente temía las represalias y burlas de su hermano mayor, Antonio, que solía infravalorarle y golpearle.
La maldita película en cuestión la había visto Luis un lunes, con motivo de la cercanía, el fin de semana, de la festividad de Halloween. Durante toda la semana habían programado en una cadena de televisión una película de terror. Él había visto solo la primera, y ya había sido suficiente. Pero había seguido viendo los anuncios de las películas proyectadas cada día y había imaginado en torno a sus títulos y las breves imágenes de los anuncios, horrores mucho mayores que los que aparecían en los propios filmes.
De esta manera el mito de la noche de difuntos y el terror a que esa noche llegara había ido creciendo hasta el punto de que lloraba y temblaba en la soledad rezando para que esta semana no existiera el viernes 31 de octubre.
La noche del viernes se dijo que no pasaría nada, que sería una noche cualquiera más, una noche de pesadillas, eso sí. Cerró los ojos y esta vez no tuvo problema en dormir, pero su sueño se hizo más real de lo habitual, hasta el punto de que dudaba si soñaba o vivía una pesadilla real.
Esa noche conoció a un fantasma sonriente, de ojos naranjas, que dijo llamarse Juan Sonrisas y que le estrechó una mano helada y huesuda que le enfrió hasta las vértebras. Muy educadamente le dijo, Juan, hoy voy a visitar tu casa, esta es la noche en que tengo que cobrarme una vida, te guste o no, así que ve habituándote a vivir en el infierno. Cuando escuches mis pisadas acercarse, no importa cuánto te escondas debajo de las sábanas, porque voy a agarrarte de los pelos y llevarte al Averno.
Se despertó gritando y despertó también a su hermano Antonio, que ya estaba harto de los ruidos y despertares de Luis durante toda esa semana. Le gritó y le pegó una patada a su cama, fue a por él y cogiéndole del cuello le amenazó “¡Escucha Luis! ¡Mañana tengo que madrugar! Si vuelves a moverte o a despertarte, si giras la cabeza y me miras, o siento que no estás con los ojos cerrados y durmiendo, te arrancaré la cabeza y la colgaré de la ventana, ¿te ha quedado claro?” Luis asintió con la cabeza, y como aviso Antonio le dio un guantazo y volvió a su cama.
Así que, atemorizado, cerró los ojos y trató de dormir de nuevo y se sumió en un estado onírico de inconsciencia en la que dudaba si dormía o no, pero sabía que no debía moverse de allí. Hasta que, de pronto, escuchó un crujido, como un paso, como un click, como las falanges del pie de un esqueleto posándose en el suelo. Luego otro paso, y otro paso y otro paso, esos sonidos avanzaban por el pasillo y después por la habitación. Se detuvieron al fin y Luis temblaba, rezando todas las oraciones que conocía, el Padre Nuestro, el Ave María, el Credo y las repetía una y otra vez. Luego oyó un crujido aún mayor y creyó que serían imaginaciones suyas, que no estaría allí Juan el sonrisas, apretó los ojos pero el sonido no cesaba. Esta vez el click era distinto, más constante, sonaba insistente y enfermizo, pero Luis no se meneaba de la cama, el colchón y las sábanas le absorbían y se agarraba a ellas, se imaginaba resistiendo agarrado a la cama mientras Juan Sonrisas tiraba de él para llevarlo a las profundidades del infierno. Y, de alguna manera, terminó por dormirse.
Al amanecer ya era el Día de Todos los Santos, acabó la noche de pesadilla, la luz del sol le anunciaba que seguía vivo y no tenía ya nada que temer, ni si quiera a su hermano. Se giró para darle los buenos días y pedirle perdón por los ruidos hechos el día antes y encontró la cara de su hermano con una gran sonrisa, de oreja a oreja, inusual en él. Y miró debajo de la sonrisa y vio que la cabeza colgaba de un gancho en la ventana, había sido arrancada de su cuerpo y de ella caía constantemente una gotita de sangre que hacía click cada vez que caía en el charco de sangre del suelo. Juan Sonrisas sí le había visitado esa noche, después de todo.

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